Día Mundial de las Ciudades: ¿qué tenemos a conmemorar?

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Por Kelly Komatsu Agopyan

En el día 31 de octubre se conmemoró el Día Mundial de las ciudades, fecha definida por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), celebrada desde 2014. El establecimiento de “días internacionales” temáticos por la ONU existe a fin de llamar la atención de líderes de países, de la prensa y de la sociedad civil sobre temas que exigen sensibilización y actuación incisiva de la comunidad internacional, funcionando, por tanto, como una forma de “advocacy”. La cuestión urbana ya está en la agenda de la ONU hace algunas décadas, pero ha obtenido progresivamente más centralidad, y esa fecha nos lleva a reflejar, más allá de todo que aún se necesita avanzar, lo que tenemos que conmemorar es la importancia que se está dando a las ciudades en el nivel nacional e internacional.

Inicialmente hay que señalar el significado mismo de “ciudad”. No hay una definición cerrada sobre el concepto de ciudad y cualquier generalización hecha sin considerar el espacio y el tiempo en lo cual se quiere analizar parece estar equivocada. El criterio del tamaño de la aglomeración poblacional, que es lo más comúnmente utilizado – incluso por la ONU – no está consensuado debido a la diversidad de realidades y vivencias existentes. Según apunta la geógrafa Sandra Lencioni (2008, p.116, traducción libre): “Una aglomeración de 2.000 habitantes en Holanda no tiene el mismo sentido que en India o en China, países con más de 1 billón de habitantes”.

La indefinición del concepto asimismo acaba por influir en otros términos relacionados a la “ciudad”, como lo “urbano”. Aunque este último concepto sea, a menudo, utilizado como sinónimo del primero, es mucho más reciente que las ciudades mismas, pues está conectado directamente al proceso de industrialización moderna. El propio uso de la oposición entre lo urbano y lo rural para definir ciudad parece volverse cada vez más impreciso – algunos incluso defienden la existencia un “continuum” rural-urbano (IBGE, 2017). En Brasil, por ejemplo, la definición de la zona urbana está a cargo del propio poder legislativo municipal, luego, hay una heterogeneidad de criterios político-administrativos que suelen no considerar cuestiones territoriales y sociales.

A pesar de la amalgama de conceptos y sus diversos entendimientos – que refuerzan la complejidad del tema -, las cuestiones que contemplan las ciudades empezaron a ganar más atención en el contexto del sistema ONU a partir de la década de 70. En 1976 fue realizada la primera Conferencia de la ONU sobre Asentamientos Humanos, llamada Habitat I, en Vancouver (Canadá), que inició las reflexiones internacionales sobre el proceso desenfrenado de urbanización. En ese período, poco más del 37% de la población mundial era urbana, y la vida en las ciudades era percibida de manera negativa (BIRCH, 2016), muy conectada a las narrativas de miseria y desigualdad urbanas.

Las percepciones han ido modificándose y las ciudades pasaron a ser consideradas como espacios de oportunidad y desarrollo. En este sentido, el año de 2008 es simbólico, pues fue el momento en lo cual más del 50% de la población mundial comenzó a vivir en centros urbanos. En 2015, la ONU firmó los ODS (Objetivos del Desarrollo Sostenible), que deben ser cumplidos hasta 2030, reconociendo como uno de los objetivos (lo de número 11) la búsqueda por “ciudades y comunidades sostenibles”.

La más reciente conferencia Habitat, realizada en 2016 en la ciudad de Quito (Ecuador), congregó a 30 mil participantes y definió la llamada “Nueva Agenda Urbana”, un documento de carácter declarativo, aunque no vinculante (de cumplimiento no obligatorio), firmado conjuntamente entre representantes nacionales de los estados-miembros de la ONU – pero que contó con la consulta de expertos, de la sociedad civil y de gobiernos locales. Esa agenda establece directrices para el desarrollo urbano de las próximas dos décadas, destacando que éste debe ser esencialmente justo, democrático y sostenible, reconociendo el “derecho a la ciudad” – concepto creado en los años 60, en Francia, retomado principalmente por movimientos sociales, y que reúne, en una única y fuerte reivindicación, las diversas demandas urbanas.

Este breve raconto histórico confirma las motivaciones para la celebración de un Día Mundial de las Ciudades. La percepción ambigua de que las ciudades son escenario de graves desigualdades, pero también espacios que pueden ser propulsores de la diversidad, de la generación de oportunidades, del fortalecimiento de la democracia y del acceso a derechos, se consolida. Eso está reflejado en el subtema elegido por la ONU para la conmemoración de la fecha de ese año: “Valorando nuestras comunidades y Ciudades”. En términos generales, el slogan intenta destacar el rol que esos espacios tuvieron principalmente en el último semestre durante la pandemia del coronavírus. Para eso, se reconoce el aporte de las ciudades en 4 grandes áreas: economía (mayoritariamente la informal y comunitaria), sociedad (conectada a la resiliencia, a la participación ciudadana y a la diversidad cultural local), medio ambiente (relacionada a la conservación ambiental en contextos urbanos específicos), e innovación (relativa a las respuestas creativas en el nivel comunitario a los problemas urbanos).

El actual contexto de crisis sanitaria global reforzó la importancia de dar el protagonismo a las ciudades, posibilitando respuestas más efectivas y orientadas a las demandas específicas de cada comunidad urbana. Sin embargo, ese empoderamiento y valoración del nivel local no pueden y no deben ser puntuales y fragmentados. Lo que se observa, de manera general, es una narrativa cargada de expectativas e incluso de una “idealización” sobre la actuación local frente a los problemas complejos, pero que exigen, más allá de la propia autonomía presupuestaria, una articulada gobernanza multinivel, mecanismos de gran alcance de participación ciudadana y el propio empoderamiento político de las autoridades locales para hacer frente a cuestiones que son, muchas veces, estructurales, y que igualmente involucran otros actores de la sociedad civil y del sector privado.

En el ámbito internacional, la tendencia es que las cuestiones urbanas continúen en el centro del debate, teniendo en cuenta que las proyecciones apuntan para casi el 70% de la población global urbana en 2050. Los problemas globales continuarán exigiendo respuestas de la esfera local, aunque en las mesas de negociación internacional no se reconozcan a los gobiernos locales como actores con poder de voto y decisión. Desde el año de 1999, actúa el UNACLA (Comité Consultivo de Autoridades Locales de la ONU), que cuenta con la participación especialmente de representantes de redes de ciudades – que en articulación conjunta logran tener voz en esos espacios – pero, como el propio nombre indica, es un órgano apenas consultivo.

Finalmente, se espera que el Día Mundial de las Ciudades de 2020 haya afianzado la necesidad de un debate más estructural y político sobre el rol de las ciudades en el nivel global, que ya ha sido diseñado y rediseñado a lo largo de las últimas décadas y que ahora es exaltado durante la pandemia. El existente discurso del protagonismo local debe asimismo venir acompañado de los instrumentos necesarios para ponerlo en marcha, más allá de los momentos de crisis. Ya es un hecho de que el proceso de urbanización es irreversible. Si la ciudad es y seguirá siendo nuestro hogar, dependerá de que tenga las condiciones para ser la mejor casa posible.

Kelly Komatsu Agopyan es doctoranda y máster en IRI-USP (Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de São Paulo). Licenciada en relaciones internacionales por la PUC-SP (Pontificia Universidad Católica de São Paulo). Fue asesora para asuntos internacionales de la Secretaría Municipal de Derechos Humanos y Ciudadanía de la Alcaldía de São Paulo. Investigadora de temáticas de ciudades y derechos humanos.

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